26/07/2026
EL ARCA RUSA
DIRECTOR: ALEXSANDR SOKÚROV
PAÍS: RUSIA
AÑO: 2002
Iniciaré estas palabras como un relato de ficción, y el tiempo elegido será in extrema res (desde el final de la historia,) porque así percibo alguna posibilidad de asimilar tanto estímulo estético, tanta historia, tantos giros, rendijas, puertas y pocas ventanas. Una voz en off, que nos acompaña durante poco más de hora y media culmina diciendo: “Estamos destinados a navegar para siempre”, y por única vemos un horizonte, un exterior al mar que cobija el arca, este cofre que se nos va develando cargado de nostalgia y admiración por un tiempo preterido y en el que somos inmersos desde que nuestros pies pisan por primera vez el Hermitage. Estamos en la Rusia de los siglos XVIII, XIX (algo del XX) y desde ese “dentro” el director juega a cerrarnos toda conexión con el exterior, y es necesario. La historia no ha sido muy pródiga en reconocimiento con la aristocracia rusa de aquellas épocas y sus gobernantes; y Sokúrov ha quedado prendado de bailes, damas y militares pletóricos con sus trajes rojos, áureos, brillantes, blancos, diamantes, impecable presentación, que marca su pulsión hacia lo imperial en todos sus sentidos.
Iremos junto a esta voz, impresionada, cauta, tímida, de vez en vez, conversando con una figura entrañable: un diplomático francés de un tiempo que tampoco es el histórico presente –quien está en la diégesis, en la historia-, aunque todos los tiempos en los giros por los 300 salones que vemos en el filme, se funden, sintetizan, superponen. En es un ingresar y salir a través de puertas del que fuera el Palacio de Invierno a las que resguardan a contrapelo de incendios, revoluciones, asedios, muertes; un tesoros artístico de tales dimensiones que, y aquí otra vez el tiempo, tal vez nos tomaría una vida recorrer. Este personaje enigmático como salido de su propio ataúd para seguir asido al que fuera su presente de bellezas exentas de cualquier relación con la vida de los otros rusos, el pueblo en el que se gestaban los cuerpos, las manos y miradas, la venganza, y que no verían esta riqueza y serán la permanente amenaza. Un pueblo gobernado con puño de hierro.
Fue Pedro el Grande quien occidentalizó la Rusia aristocrática por su inmensa admiración de lo “europeo”, tarea que continuó Catalina I (quien adquiriera una inmensa colección de pintura), y los últimos Románov, dieron una vida al que fuera el Palacio de Invierno, y son ellos quienes son referidos permanente en el filme, y a cada uno se le otorga un protagonismo peculiar, pero total y absolutamente enceguecido: una sola cosa tiene existencia y es la morada de sus vidas opulentas. Se cierne la caída, el desastre, la muerte y es velada siempre tras la enorme pintura del Palacio.
Acá me detengo, por la emoción que me causara la detención que el guía hace (¿un cancerbero?), ante “Los apóstoles San Pedro y San Pablo”. Discute aquí con un admirador anónimo, pues, para él, no hay ninguna posibilidad de apropiarse de la belleza y el relato que pintara El Greco, sino conociendo los Evangelios, las Escrituras. Yo me quedo con los rostros angulosos, las manos bondadosas, el claroscuro esencial. Y qué hacer ante tamañas bellezas. La escultura “Las Tres Gracias” de Canova, “La sagrada Familia” y ”El Retorno del Hijo Pródigo” de Rembrandt. Tantas más cuyo autor desconozco y en las que la cámara se detiene; los relieves (copias de Rafael), la pequeña Capilla Sixtina, los mármoles y jarrones imperiales, lámparas de cristales infinitos, porcelanas de Sévres con incrustaciones de oro, tanto más.
Me despido del Hermitage con las mazurcas de Glinka y el último baile en el Palacio en el año 1903 y cientos y cientos de invitados, cuyos trajes, tiaras, perlas, telas, se encaminan lentamente, felices, sonrientes a la consecuencia del diluvio de años que se ha desatado en su Imperio…van serenos y complacidos a la muerte de esa época ¿Y quién camina con ellos? El maestro de ceremonia de esta travesía, ese personaje enamorado de este cuadro. Ese francés, otrora diplomático, que no quiso renunciar al imperio de su admiración.