22/10/2026
LA NOCHE EN QUE UNA TAMBORA PUSO DE CABEZA A SAN LUIS 1794
Hoy viajé a una noche de San Luis Potosí en la que no hubo aparecidos, ni fantasmas, ni casas embrujadas.
Y aun así…
terminó con un fraile molido a garrotazos, hombres heridos, autoridades enfrentadas y media ciudad hablando del escándalo.
Todo comenzó por algo que hoy parecería inocente:
una tambora.
En febrero de 1794, don Fernando de la Serna y don José Antonio Torijano solicitaron permiso al intendente Bruno Díaz de Salcedo para mostrar públicamente un instrumento que, según los documentos recogidos por Rafael Montejano y Aguiñaga, era entonces una novedad en San Luis.
La autorización llegó con una condición:
nada de “músicas escandalosas ni cantos insolentes”.
La primera salida fue la noche del 19 de febrero.
La tambora recorrió las principales calles acompañada por músicos, niños, curiosos y gente que salía de las casas para escuchar aquel sonido nuevo.
Y, sorprendentemente…
no pasó nada.
Demasiado tranquilo para algunos.
Así que decidieron repetir la experiencia cuatro noches después.
23 de febrero de 1794
Esta vez cambió todo.
Se reunieron personas de distintos sectores de la ciudad: gente acomodada, trabajadores, personajes ligados a la Iglesia y mujeres que las autoridades de la época consideraban de mala fama.
Entre los asistentes, los documentos mencionan al bachiller José Marcelo García, al padre Astorga, religioso mercedario que iba sin hábito, y a un fraile lego de San Juan de Dios, además de funcionarios y personajes conocidos de la ciudad.
El grupo llegó después hasta la casa de don Pedro de la Lama, donde había una reunión privada con músicos.
Entraron a la sala e intentaron convencer a los músicos de abandonar la fiesta y acompañarlos por las calles, ofreciéndoles el doble de lo que les estaban pagando.
Los músicos entendieron que aquello podía acabar mal.
Y se retiraron.
Pero la noche apenas comenzaba.
Ya cerca de La Merced, varios de los participantes estaban ebrios o a punto de estarlo.
El padre Astorga caminaba acompañado de una mujer llamada Carmel la Valeria.
Entonces apareció un herrero.
Tal vez por alcohol.
Tal vez por celos.
Se atravesó entre ambos…
y llevaba un garrote.
El primer golpe tiró al fraile al suelo.
Después vinieron varios más.
Los documentos dicen que terminó enfermo, golpeado y obligado a guardar cama.
Aquello encendió el resto.
Hubo gritos.
Armas.
Personas heridas.
El minero José Antonio Elizondo, del Cerro de San Pedro, quedó lesionado; también Casimiro Pérez, quien terminó en el Hospital de San Juan de Dios. Incluso Carmel salió con varios moretones.
El alcalde Andrés de la Sierra decidió terminar la fiesta.
Y ahí nació otro pleito.
Porque el intendente Bruno Díaz de Salcedo había autorizado la diversión.
El alcalde consideraba que tenía obligación de detenerla porque la situación se había convertido en un desorden público.
Los dos terminaron intercambiando reclamaciones por escrito.
Gracias precisamente a esas cartas hoy podemos reconstruir buena parte de aquella noche.
Y hay algo que me hizo sonreír mientras la leía.
Han pasado más de 230 años.
Cambió la música.
Cambió la ropa.
Cambió la ciudad.
Ya no recorremos las calles coloniales detrás de una tambora recién llegada.
Pero algunas cosas parecen sorprendentemente familiares:
una fiesta que empieza tranquila…
alguien que dice:
“otra vez, pero ahora sí bien.”
Uno que toma de más.
Otro que se pone celoso.
Alguien que quiere llevarse a los músicos.
La autoridad llegando cuando todo ya se salió de control…
y al día siguiente,
todos tratando de explicar quién tuvo la culpa.
Quizá por eso la historia es tan divertida de mirar de cerca.
Porque a veces viajamos más de dos siglos esperando encontrar personas completamente distintas…
y terminamos encontrándonos a nosotros mismos.
¿Te imaginabas una noche así en el San Luis de 1794?