01/05/2026
[ CINE | CRÍTICA: “El diablo viste a la moda 2” ]
CALIFICACIÓN: 4/5 | Por Sandro Mairata / REFLEKTOR
“Una cinta que por poco supera al filme original”.
Esta segunda parte triunfa allí donde otras secuelas naufragan. “El diablo viste a la moda 2” llega veinte años después del original, con el mismo director —David Frankel— y la misma guionista —Aline Brosh McKenna—, como si el tiempo transcurrido fuera no una amenaza sino una credencial. Y en buena medida, lo es.
No basta con reunir a los mismos actores en los mismos trajes; hay que tener algo nuevo que decir con ellos. Y aquí, afortunadamente, lo hay. La trama sitúa a la ficticia revista Runway (émula de Vogue) en el umbral de su extinción, amenazada por el avance digital que ha devorado el periodismo impreso. Es un conflicto que toca las fibras sensibles de gente como yo, que ha visto a miles de colegas perder el puesto por el cambio del negocio del periodismo y la extinción de diarios y revistas. La forma en que se retrata esta vorágine es mucho más real de lo que pudiera esperarse de un filme “de Hollywood” o acaso “superficial”. La cosa va muy en serio y por ello, “El diablo viste a la moda 2” supera leventemente a su original.
Esa es la sorpresa mayor de “El diablo viste a la moda 2”: el peso dramático de su bien calculado guion, que sopesa drama con comedia ligera envolviéndolo todo en el glamur que los seguidores de esta historia esperan. De hecho, Anne Hathaway le da vida a la periodista más creíble que ha producido el cine de estos años. Pero, a diferencia de la primera cinta, esta no es una celebración del mundo de la moda y del periodismo que lo da a conocer, sino una despedida a esto último, reconociendo que Runway pertenece más al mundo de los mu***os que al de los vivos.
Meryl Streep vuelve a su Miranda (émula de Anna Wintour) con una inflexión nueva: hay en ella algo que se parece, por primera vez, a la vulnerabilidad. No la vulnerabilidad sentimental del melodrama, sino la de quien ha comprendido que el mundo puede prescindir de ella. Miranda no se halla en las nuevas reglas del habla políticamente correcta y teme a las hordas de las redes sociales. Streep lo comunica todo sin pronunciarlo nunca, con esa técnica suya que consiste en hacer del silencio el lugar donde ocurre la actuación. Sus escenas de careo con Emily Blunt son clases maestras de cómo administrar veneno con estilo. Anne Hathaway, por su parte, entrega a una Andy madura sin renunciar a la luminosidad que la hizo amable hace dos décadas. Y Emily Blunt —quizás la más beneficiada por el guion— convierte a Emily Charlton en algo que la primera película nunca le permitió ser: una persona compleja, con razones propias y una ironía devastadoramente bien calibrada.
El triángulo que se forma entre las tres mujeres es el verdadero motor dramático de la película, y funciona porque las actrices que lo habitan son, cada una a su manera, fenómenos. No quiero dejar fuera a Stanley Tucci en el rol del gran estilista y devoto de Miranda, Nigel; es uno de los dos corazones de la historia. Así los cuatro personajes centrales se reparten para mostrarnos cómo en un mundo/jungla de Andys y Nigels se puede coexistir con Mirandas y Emilys, quienes se supone tienen la fórmula para sobrevivir.
Celebro los innumerables cameos de interés: han sido elegidos no por ser “estrellitas del momento” sino por tener la gravitas de su aporte más amplio. Por ahí están la infaltable Donatella Versace y también la legendaria editora Tina Brown. Hay algo más. En la prensa de antaño, había una devoción por el maestro editor, el del peor carácter, incontables defectos como persona, pero que aun así generaba mayor lealtad por su sapiencia y temple. Ese aspecto, “El diablo viste a la moda 2” lo retrata de forma notable. Tampoco es perfecta. Hay momentos en que el ritmo flaquea, donde el guion prefiere la escena de lucimiento a la economía narrativa.
De todos los trajes y vestidos del filme, mi atuendo favorito de Andy es la camiseta blanca con la portada del álbum “Post” (1995) de Björk que usa como pijama. Solo con ese detalle nos damos cuenta de que los productores hicieron bien su trabajo. Andy es de las nuestras.